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CUERPOS TRANSFORMADOS Y TRANSFORMADORES I
Sobre el cuerpo en la danza y el teatro
En nuestra bien amada y padecida cultura occidental siempre el cuerpo fue relegado al espacio de lo ‘indeseable’, bajo, repulsivo, escondido, tabú; frente a la elevada valoración del pensamiento, de lo espiritual, intelectual. De ahí que en la división de las artes: arquitectura, escultura, pintura, música, las artes representativas (danza y teatro) adquieran el lugar más bajo del escalafón.
En esta minusvalía entran en juego varios factores: por un lado su fugacidad. La danza, el teatro son perecederos. Existen en el momento que son representados y no más allá de ese instante. No hay registro, ni materialidad fuera de los cuerpos que ejecutan la obra de arte. La historia de la pintura, la escultura es muy diferente y extensa. Cantidad de documentos que quedan estáticos o sujetos a pequeñas variaciones temporales.

Como la danza y el teatro el cuerpo mismo es efímero. El cuerpo cambia, se transforma y es inmanejable. Está atado a la muerte. No puede petrificarse en piezas de museo. Y aún más, la vida es perecedera. Ni el video, la foto u otro registro aprehenden el cuerpo viviente, que es otra cosa que ‘una imagen’.
Por otra parte, en la pintura, la música, la escultura hay distancia entre el sujeto creador, la obra y los instrumentos. Hay diferencia. No así en el teatro y la danza. Estas artes son el cuerpo. Nada más y nada menos que el cuerpo como sujeto, objeto e instrumento. No hay pinceles, óleos, ni mármol, violín, metales o tambores. El tambor es esa maraña de huesos, tendones, carne que llamamos cuerpo. El cuerpo es la caja de resonancia: ejecutor y ejecutante. Creador y creado. El único y alterable instrumento de la danza y el teatro. No es pensamiento, ni espíritu, ni intelecto. Al contrario, cuando entra juego la cabeza… el cuerpo se pierde y ya ‘el arte’ es otro.
Es sólo el cuerpo conmocionado del bailarín que baila. El cuerpo conflictuado del actor quien actúa, crea y trae a escena. Ese cuerpo que es cada día, cada hora diferente a sí mismo.
En las culturas primitivas la danza y el teatro eran religiosos. Y el hombre vivía en comunión con la naturaleza, el cuerpo, la comunidad. No había pudor, ni perversión. No había tabúes sobre el cuerpo ni pecados. Y había el poder inmenso de cuerpos transformados y transformadores.

Había excesos sagrados de danza, erotismo, maquillaje, máscaras. Que modificaban el universo, la comunidad, el sí mismo.
La modernidad trajo ‘la luz del entendimiento’, el orden y el divorcio del cuerpo y el pensamiento. La educación ‘elevada’, intelectual, útil y productiva por un lado y relegó al descarte lúdico e improductivo lo más cercano y nuestro que tenemos: el cuerpo.
¿Podríamos reformular el cogito cartesiano? Siento, luego existo.
¿Podríamos educar en artes un poco más que en números? en sorprendernos con nuestro cuerpo, en vez de con la computadora. En jugar a ser dioses creadores y no en alabar a los intelectuales, dioses detractores del cuerpo. Preguntas. Intentos. Ensayos.
Lic. Luciana Prato

CUERPOS TRANSFORMADOS Y TRANSFORMADORES II
Un acercamiento a la técnica corporal
(Fragmento del material preparado para la capacitación del Programa Orquestas y Coros Juveniles del Ministerio de Educación de la Nación, Septiembre de 2009)
‘Un trabajo no es muy divertido si no supone
al mismo tiempo una tentativa para modificar
lo que uno piensa
e incluso lo que uno es’
M. Foucault
‘¿Por qué cuando baila el hombre no tiene el presentimiento
sino el sentimiento de ser libre?´
A. Didier-Weill
‘Sin música la vida sería un error’
Nietszche
Reflexiones sobre el cuerpo
Somos cuerpo. No ‘tenemos un cuerpo’, sino que nuestro ser en el mundo es ser corporales. Y ello trae aparejado mucho, aún cuando lo olvidemos.
‘El sentimiento, en cuanto sentirse, es precisamente el modo en el que somos corporales; ser corporal no quiere decir que al alma le está añadida una masa llamada cuerpo, sino que en el sentirse el cuerpo está de antemano contenido en nuestro sí-mismo, de manera tal que en sus estados nos atraviesa a nosotros mismos por completo’, dice Heidegger.
Entonces ser corporales implica que estamos atravesados por el sentir en la carne, los músculos, tendones, órganos.
Sin embargo en nuestra bien amada y padecida cultura occidental siempre el cuerpo fue relegado al espacio de lo ‘indeseable’, bajo, repulsivo, escondido, tabú; frente a la elevada valoración del pensamiento, lo espiritual, intelectual. El cuerpo ocupó un lugar secundario en el dualismo espíritu-sujeto, cuerpo-alma. Y hasta se lo denominó ‘tumba del alma’.
A tal punto que el desarrollo moderno, los avances tecnológicos han hecho de nuestros cuerpos, en algunos casos, simples transportadores de ‘cabezas’. Somos un tanto ajenos a nuestros cuerpos, escindidos, olvidados, desprendidos. Pero inevitablemente esta maraña de huesos, piel y carne nos acompañará toda nuestra vida. Como es, con lo que nos gusta o no, es nuestro primer instrumento en algunos casos (músicos, pintores, escultores) y el único en otros (coreutas, actores, bailarines).
¿Y por qué ocuparnos del cuerpo en un coro o una orquesta?

En cada estado corporal, dice Heidegger, vibra un modo en el que nos dirigimos a las cosas que nos rodean y a los seres humanos que están con nosotros. Entonces el estado corporal, el sentir de mi ser cuerpo está involucrado absolutamente en la forma en que me vinculo con los demás y con el mundo.
Dice Virginia Woolf refiriéndose a la escritura ‘el nervio que gobierna la pluma se enreda en cada fibra de nuestro ser, entra en el corazón, traspasa el hígado’. ¿Y si agregamos que el nervio que gobierna el violín, la flauta, el tambor, nuestra voz… se enreda en cada fibra de nuestro ser?

Y más aún, con la música podemos subvertir el dualismo. Podemos recuperar la continuidad entre el cuerpo y el interior. Pero para ello tenemos que ‘templar’ nuestro cuerpo.
Estar templado, como un tambor, implica estar abierto a todo. Para abrirnos a lo creativo y disponernos a hacer música es fundamental abrir nuestras facultades de ver, hacer, sentir; de recibir, de comunicar y de dejarse llevar. Separarnos de lo cotidiano y disponernos a ‘esto otro’.
Nuestro cuerpo es espacio de resonancia (literalmente) de la música y espacio de resonancia de la vida. Lo que nos acontece, atravesamos, padecemos, celebramos, disfrutamos. Es cuero de un tambor en el que lo afectivo deja signos. Todo deja marca, señal, huella, memoria en nuestro cuerpo.
El cuerpo habla, dice, grita aún en el silencio… En la forma en que nos movemos, descansamos, nos relacionamos con los demás. Nuestro cuerpo es sede de intensidades múltiples y es atravesado en todo su espesor.
Cuando nos ponemos nerviosos ¿sabemos distinguir qué sentimos en el cuerpo? ¿y cuando estamos felices? Tengo vergüenza, quiero salir corriendo y se me cierra la garganta, o me transpiran las manos. Voy a empezar algo nuevo, tengo miedo y me resfrío. O tenso los hombros en un concierto. O estoy feliz y el cuerpo me estalla de alegría. ‘Los efectos de lo sublime son fisiológicos: es el cuerpo el que registra ese entusiasmo’, dice Onfray.
Todos los transcurrires de nuestra historia familiar y personal, de la historia social quedan en nuestro cuerpo. Y lo modifican.
El cuerpo es posibilitador e imposibilitador. Se trata de abrir los sentidos y conectarnos con lo que sucede en nuestro cuerpo y leer el de los otros. Es maravilloso percibir cómo podemos abrir nuestra creatividad, sentirnos a gusto, mejorar la capacidad de disfrute y de crear simplemente por darle atención y registrar nuestro cuerpo.
¿Nos atrevemos?
Crear y ser creado
‘Tengo miedo de lo que está por nacer.
¿Y arrastrarme adónde?’
Sartre

Somos corporales, dijimos al principio. Y agregamos: somos musicales. Desde siempre. ‘La vocación de hacernos humanos nos es transmitida, en el origen, por una voz que no nos pasa la palabra sin pasarnos al mismo tiempo su música: el lactante recibe la música de esa sonata materna’, afirma Didier-Weill. Y esto hace que en nosotros exista una vocación invocante. Portamos la música, sólo hay que silenciarnos para oír y dejar fluir. Disponer el cuerpo y prepararlo para lo que vamos a hacer. Extenderlo, relajarlo, posibilitar la circulación del aire, la sangre, los impulsos nerviosos.
Relajados, o mejor dicho, ‘templados’ la creatividad deviene más naturalmente. Dispuestos a, abiertos a, con los sentidos alertas. Y dando lugar para que la voz que nos habita, la música que nos habita, el juego que nos habita se haga presente.
‘La agilidad corporal era siempre máxima en mí cuando la fuerza creadora fluía de manera más abundante. El cuerpo está entusiasmado: dejemos fuera el alma’ dice Nietzsche. El cuerpo tiene su propia sabiduría. ¿Podremos detener la cabeza y ‘ser sin pensar’? Dejar que el cuerpo hable, exprese, fluya, se transforme, me transforme, se deje transformar, sin que lo ‘intelectual del alma’ juzgue, mire, prohíba, censure y critique. ‘No prestar fe a ningún pensamiento que no haya nacido al aire libre y pudiendo nosotros movernos con libertad, a ningún pensamiento en el cual no celebren una fiesta los músculos’, agrega Nietzsche. ¡El sentir del cuerpo tiene tanto que ver con lo que ‘se nos ocurre’, lo que hacemos, permitimos y logramos!
La música puede ser un golpear, un ritmo oceánico que se extiende como un mar que acompasa la sensibilidad. Nosotros hacemos música, pero la música también nos habita. ¿Quién hace a quién? Demos lugar para que nuestra musicalidad surja.

Todos somos bailarines
‘¿Acaso no basta una nada para que
la música que baila en el sujeto
se convierta en música que el sujeto baila?’
Didier-Weill
Lo mío no es la danza. Yo no sirvo para esto. Lo corporal no me gusta. ¿Por qué olvidamos y opacamos ese instinto bailarín que todos portamos?
No hace falta enarbolar destrezas y entrenarse en la barra diariamente para danzar. Sólo dar lugar a la danza que nos habita. ‘Aunque permanezca físicamente inmóvil será movido por la surrección del empuje que va a hacer de él un cuerpo danzante’. Llevar el compás, dejar que nuestros músculos reciban el movimiento de la música es también danzar. ¡Y moverse como uno quiera! ¿No será esta la libertad y fiesta de los músculos de la que habla Nietzsche?
Es hermoso leer lo que dice Didier-Weill sobre la música y la danza, rescata lo inaudito e invisible que hay en el ser humano, y esa sabiduría espontánea de nuestro cuerpo que es diversa al saber intelectual. ‘Cuando suena la música–y ése es su milagro–, se comprueba que el yo, no sabe qué escuha, cree en ello´.
‘Todo sucede como si en el instante mismo en que empieza a bailar, él supiera dónde tiene que ir, sin que en lo sucesivo tenga que preguntar a nadie ni por qué debe ir allí ni cómo hacerlo’. Si damos lugar al cuerpo, bailamos. Si oímos la musicalidad de nuestro cuerpo, danzamos. ¿Saben por qué? Porque todos somos bailarines… ¡Claro que sabemos bailar!
El cuerpo propio
‘Cada uno de sus gestos aceleraba el ritmo de su sangre
y despertaba un canto que latía como el pulso cardíaco del desierto,
un canto que era el tañido de sus pies imprimiendo en la sangre
la huella de su rostro’
A.Nin
Plantearemos tres instancias para trabajar el cuerpo: a. El cuerpo propio b. El espacio c. El cuerpo del otro.
Para trabajar el primer punto eligiremos los pies. Los pies son nuestro contacto con el mundo. Ese mundo al que a veces queremos pertenecer y muchas otras no… Probemos descalzarnos antes de comenzar un ensayo o clase.

Intentemos diferentes apoyos, hasta alinearlos. Apoyarlos paralelos y con las plantas amplias, con los arcos levantados y los bordes externos del pié asentados.
Tratar de ejercer una presión hacia abajo. Empujar el piso con los pies abiertos y desde esa fuerza elevar el torso y la columna. A través de una línea opuesta que fuga hacia el cielo. Siempre para elongar y extender el cuerpo hay que imaginar dos fuerzas opuestas. Una hacia un lado y otra al inverso. Lo mismo que con la columna, con los hombros, los dos van hacia abajo mientras la cabeza a través de los músculos esplenios (detrás del cuello) van hacia arriba. Ambos hombros además de hacia abajo hay que imaginar que salen uno hacia la derecha y otro a la izquierda. Los omóplatos planos y amplios también hacia los lados.
Los pies empujan hacia el piso y desde la cabeza un piolín que nos extiende hacia arriba. El mentón separado del esternón con la distancia de un puño. Los brazos sueltos y relajados a los lados.
Vibrar desde los pies hacia arriba. En un in crescendo. Nos ayuda a soltar el cuerpo y permitir que se coloque naturalmente. Luego detenerse de a poco.
Si la posición es sentada, los isquiones deben estar apoyados en la silla y desde allí elongar la columna hacia arriba. Los pies siempre empujar el piso. El sacro es el centro del cuerpo. Debe estar relajado y pesado hacia abajo.
Una vez colocado hacerlo vibrar, respirar. Oxigenarlo y posibilitar la circulación. La circulación del aire, de la sangre, de la energía, de los impulsos de los músculos y nervios. Cuerpo abierto para que circule todo. Las tensiones hacen que anquilosemos sus fragmentos, que lo dividamos y separemos. Desprenderme del afuera cotidiano y disponerme a entrar en esta actividad que me saca de lo cotidiano. Detengo la cabeza. Me conecto con mi cuerpo.
Tal vez estando bien parados, podamos ‘volar’…
El espacio
Ahora registro el espacio. Abro la mirada. Tomo conciencia de mi ubicación en el espacio. ¿Siempre me ubico en la misma silla, en el mismo lugar? ¿Puedo ubicarme en otro lado…? Mi percepción cambia si cambio la perspectiva espacial. Registro la superficie en que estoy apoyado, parado, sentado. Registro las sensaciones de frío, calor, los sonidos. Las direcciones en que puedo moverme, paralelo a las paredes, en diagonal, en círculos, dibujando espirales en el piso. Podemos intentar cambiar la disposición espacial del ensayo. Usar diferentes frentes, por ejemplo. El ‘extrañamiento’ que nos provoque nos instará a reconocer y descubrir el ámbito de un modo diferente.
El cuerpo del otro

Percibo al otro no sólo a través de la mirada, también del contacto, la distancia, el oído.
Es importante disponer el cuerpo para tener los sentidos abiertos. Una mirada abierta es la que me permite percibir al otro y trabajar juntos. Ir al mismo tempo y ser una energía entre todos. Las individualidades se unen en el coro, la orquesta. Y lo que sucede en cada uno modifica el sonido del grupo. Hay ejercicios que nos ayudan a abrir los sentidos y entrenar la ‘mirada abierta’ que nos permitirá ser orgánicos en un concierto, por ejemplo.
Abrir los sentidos con juegos de ‘atención’, de apertura, de impulsos, donde entre en juego la concentración y la imaginación, dispone nuestro cuerpo de otro modo y hace que ‘nuestra cabeza’ descanse un poco. Se trata de dejar fuera los pensamientos y dar lugar a la ‘sabiduría’ del cuerpo. A la creatividad del cuerpo despojado de los ‘juicios’ y ‘evaluaciones’ de nuestro intelecto. El cuerpo tiene su sabiduría y a veces con pensamientos que nos alienan del ‘estar en nuestro cuerpo’ impedimos dar lugar a la creatividad que de él surge espontáneamente.
Lic. Luciana Prato
JUGAR A SER DIOS CON EL CUERPO
Mi cuerpo se expande, comienza a dilatarse, poseo el mundo en mis entrañas. Me crecen alas, puedo volar en un jeté. Y luego, soy minúsculo, pequeño, el mundo sobre mi cuerpo me aplasta y me fusiono con la tierra en un grand ecarte. Puedo ser ave, árbol, pez. Puedo ser lo que quiera porque soy bailarín.
Puedo ser lo que quiera porque ser bailarín es ser movimiento, es apelar al componente lúdico y festivo de la vida. Es vivir el devenir de la vida en el propio cuerpo, y ser conciente de ello.
Ser-en-el-mundo es ser cuerpo y es asumir una situación existencial. Pero el hombre moderno se halla desarraigado de su corporeidad, la cultura con sus normas y sus desarrollos técnicos lo asfixia. En cambio, quien danza pone en juego una serie de capacidades y potencialidades corporales que están dormidas. Pone en juego, las saca de su existencia latente, y juega, juega con el cuerpo, juega disfrazándose. Juega a ser su cuerpo y a ser otros cuerpos. El bailarín hace carne en sí otros seres. Puede ser ángel y brujo, serpiente y pájaro. Puede ser una etérea sílfide o un guerrero espartano. Puede ser un demonio o un dios. El bailarín danza y juega a ser dios danzando.
Nietzsche en el Zaratustra alude a un dios pagano antiguo, que es danzarín, y además ríe, pero ¿ qué particularidades tiene ese dios que danza? ¿ por qué danza?
Y además podemos traer aquí otro dios: Shiva, una deidad hindú que también danza y se dice que lo hace al ritmo cósmico. Con su baile crea y destruye mundos. Es dios de la muerte y de la vida.
Sucede que la danza nos permite crearnos a nosotros mismos, crear nuestro espacio, nos acerca la posibilidad de destruir y crear mundos. Un dios que danza, un cuerpo que danza celebra el mundo, afirma la vida. Heráclito, filósofo efesio del siglo V a.c. postula el devenir azaroso de la vida. Vida como movimiento desordenado, cambio permanente, fluir. Se haya implícita la idea de juego, fiesta. Un dios que danza se integra a ese movimiento, desciende al caos subterráneo de la vida. Está vinculado con Dionisio, dios errante, ebrio, que convoca las fuerzas irracionales del hombre. Convoca lo dinámico, lo inagotable, lo intenso.
Así un ser que danza se escabulle de lo que lo aprisiona, salta de un lado a otro y rueda hasta esconderse en una minúscula fisura del orden imperante. Y luego sale, se burla de la cultura, aparece y vuelve a desaparecer.
Experimentar lo perecedero
La danza no posee más materia que el espacio, el vacío, el cuerpo humano como único instrumento.
El cuerpo es mortal, está destinado a descomponerse, el hombre-cuerpo es fugaz, hoy existe y mañana no. La danza también está preñada de fugacidad, es instante, es ráfaga de fuego, que es y pasa, se esfuma. Dura lo que un relámpago. La danza existe en el momento en que toma el cuerpo del bailarín como el de un poseído para hacerlo su instrumento y luego no es nada. Pasa y no queda nada palpable. Se experimenta lo perecedero en el tiempo, el espacio y el cuerpo.
El pintor, pinta y queda un cuadro, el escritor escribe y queda un texto, el bailarín baila y … ¿ qué queda? Después de la danza quedan sensaciones en el cuerpo, el cansancio del bailarín, tal vez dolor en los músculos, en los tendones. Quedan cosas en el alma. El cuerpo agotado, y el alma nueva. Y también en el espectador queda algo, el que presencia una danza siente cosas en el cuerpo. Como en el coro trágico de la cultura griega clásica. En esa expresión no había separación entre actores y público. El público participaba del coro de sátiros y se encontraba con la imagen más primordial de su humanidad. Podría pensarse esa comunión del cuerpo del público con el espectáculo en las danzas rituales. O en alguna aislada expresión contemporánea con componentes experimentales. Lo cierto es que hoy no se da la experiencia de la tragedia helénica en su totalidad, pero en el público pasan cosas. De algún modo, el espectador es transformado, participa de esa danza, se metamorfosea. Y esa metamorfosis se experimenta en el cuerpo. Como sensación de libertad, o tal vez de pesadez, aturdimiento, por qué no de dolor. Pero siempre se siente en el cuerpo.
Somos seres sensibles porque tenemos cuerpo. Sentimos, luego somos (reformulando el cogito cartesiano que justamente relegaba lo sensible).
Y aquí haremos eco de un pensamiento de Nijinsky, un mítico bailarín ruso que vivió a principios de siglo y se inmortalizó por revolucionar la danza de occidente con elementos expresionistas: “En la danza se trata de representar lo menos posible y de sentir lo más posible”. Danzar es sentir profundamente en el cuerpo. El ser y el mundo se sienten en el cuerpo y ¡se danza!.
La danza como ritual
Pero la danza es instante hecho eternidad, porque en esa materia fugaz que la caracteriza hay algo de sagrado e inmutable. Como en el eterno retorno nietzscheano. Un instante que por su intensidad se repite eternamente. Un instante que integra el pasado, el presente y el futuro.
Danzar conduce al hombre a impulsos subterráneos de la vida, ritmos profundos, personales y a la vez universales dictan la danza al cuerpo. El hombre se comunica con el poder vital de la naturaleza; se sumerge y como un cataclismo emerge de sus entrañas ese mar dionisíaco que yace escondido en su interior. Como un fuego la danza quema dentro hasta que se nos impone exteriorizarla.
A través de la danza el hombre se une al cosmos, reencuentra la unidad perdida y luego la vuelve a perder. Dice Maurice Béjart, “por un instante, la celebración poética del ballet suspende el infortunio del hombre moderno” y además “la danza esculpe mitos, ante el público que va a sumar su realidad a esa transformación para encontrar así su salida hacia lo alto”.
Algo más sobre esta maraña de huesos, tendones, carne
En la filosofía del butô, una danza japonesa que se caracteriza por los movimientos lentos y sutiles, se considera al cuerpo del bailarín en tres aspectos. La “piel” que está constituida por la belleza visible, la apariencia física, el movimiento; la “carne”, que es el conjunto de técnicas que el bailarín domina, el virtuosismo; y por último, el “esqueleto” que es la más importante de las tres: la intensidad corporal, la tensión interior. Se busca la creación de un cuerpo intenso, “hasta los huesos”. Tal vez lo más verdadero de la danza ocurra por dentro, en la transformación interior.
Seguramente lo más auténtico de la danza es danzarla. Porque la danza no se escribe, ni se habla, sólo se danza.
Luciana Prato – 1999. (Publicado en www.con-versiones.com.ar)

