Exposición del trabajo anual

La muestra como exposición del trabajo anual

Lo primero que uno piensa con el taller de teatro es generar un espacio de expresión. La expresión para motorizar nuestras cuestiones: las que nos inquietan, molestan, en las que queremos explorar, nos gustan, nos traen dificultad, nos enojan, y por sobre todo, aquello que emocionalmente estamos expresando y nos damos cuenta que estamos creando.

Un espacio para llenarlo. El escenario es un espacio vacío que hay que llenarlo. Tan simple y complejo como eso: Claro llenarlo. ¿Llenarlo de qué? Uno dice: “llenarlo” y algún ingenuo dirá que llenarlo es poner algo o alguien sobre él listo. No. No es sólo eso. Eso es un escenario con algo o alguien sobre él. Para llenar un escenario tiene que haber algo vivo. Tener ganas, transmitirlas y contagiarlas. El deseo de transformar y transformarse. Aprontarse para un juego. Estar listo. Es como volver al “listos, preparados, ya…” de las carreras de nuestra infancia. Y ahí quiero deternerme. En cuando éramos niños. Ahí donde empezamos a explorar en el juego y en nuestra imaginación. Para entender -un poco, solo un poco- de qué se trata todo esto del teatro: hay que tomarse el trabajo de recrear los momentos en los que nos perdíamos con aquel juguete o el juego toda la tarde hasta que escuchábamos el grito de “Eduardito… vení a tomar la leche”. El avioncito, el autito rellenado con plastilina, la primer muñeca y como no, la pelota pulpo. Y cuando digo juego, digo también poner en juego. El que se para en un escenario, además de estar vivo, jugar, divertirse, se pone juego. Al ponerse en juego ya está invitando a otro. A otro al lado de él vivo y dispuesto a jugar el juego propuesto. También a otro u otros que lo miren. No hay teatro abandonado en la soledad. Cuando uno pone en juego algo, empieza a latir en el cuerpo alguna sensación fuera de lo cotidiano. Sabiendo –también- que lo que nos jugamos es nuestra felicidad o nuestro fracaso. Sostener -y sostenerse- donde a veces las cosas no huelen como nos gustaría. Tener coraje y valor para caminar por esa cuerda floja de la que en cualquier momento podemos caer. Otro propósito es el de la palabra: tan menospreciada en esta época. Lo que nos proponemos es darle valor, resignificarla, sostener y defenderla, modificar su sentido, retacearla: para cuidarla y no creer que es el único medio de expresión, en definitiva: hacérnosla propia.

Ricardo Tamburrano-

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